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¿Reapertura? La iglesia nunca estuvo cerrada

Paul Baxley, Coordinador Ejecutivo de CBF Paul Baxley

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Paul Baxley

Recientemente, varios gobernadores en el sureste de los Estados Unidos anunciaron planes para “reabrir” los negocios. Hay un intenso debate sobre si estas decisiones de reapertura se ajustan o no a los estándares anunciados anteriormente por los Centros para el Control de Enfermedades y el gobierno federal.

Estos anuncios han sido denunciados como imprudentes y tontos por algunos y aclamados como valientes y heroicos por otros. Si algo he aprendido en mis años de pastor es que en las congregaciones a las que serví tendría congregantes que tuvieran esas dos reacciones extremas y además todas las respuestas imaginables.

En todo el país, este debate ha suscitado preguntas para los líderes religiosos. ¿Cómo deberían las congregaciones encontrar su camino a medida que nuestra cultura más grande comienza a reabrirse para los negocios? ¿Qué deberíamos estar considerando? ¿Hay una oportunidad para un testimonio bautista y cristiano único en este momento?

Debemos afirmar absolutamente que la Iglesia de Jesucristo no necesita participar en una estrategia de reapertura porque nunca hemos estado cerrados. Y su algo aprendemos del milagro de la Resurrección es que para el cristianismo es imposible estar cerrados.

Durante estas últimas cinco semanas, no conozco una sola congregación de nuestro Compañerismo que haya cerrado sus puertas. En cambio, sé que un número abrumador de nuestros pastores y líderes laicos han trabajado con valentía, soñado notablemente, dirigido con esperanza y modelado el tipo de agilidad que caracterizó a la iglesia primitiva en Hechos. Nuestras congregaciones han seguido adorando, estudiando, orando y sirviendo de maneras poderosamente innovadoras.

En nuestra comunidad, nuestro personal de campo, los capellanes, los iniciadores de iglesias, las facultades de las escuelas de teología y el liderazgo de Together for Hope han ofrecido un ministerio innovador y convincente incluso ante grandes desafíos y cambios.

Lamento profundamente que en este tiempo se le haya prestado tanta atención a las congregaciones que han optado por celebrar grandes reuniones en persona, incluso con el conocimiento del papel de estas reuniones en la transmisión de COVID-19. Pero la mayoría de las congregaciones y misioneros en cada denominación han tomado una decisión diferente. Esas historias no se han contado, y creo que son mucho más inspiradoras.

La mayoría de nosotros hemos optado por dar testimonio del poder de Jesús de manera consistente con el ministerio de sanidad de Jesús, hemos continuando viviendo nuestro testimonio de nuevas maneras que también priorizan y protegen la salud pública. Estamos participando en la resurrección de Jesús al ofrecer evidencia vívida de que el poder que resucitó a Jesús de entre los muertos está obrando en nosotros, obligándonos a servirlo de nuevas maneras. Hemos enfrentando tiempos difíciles con una fe digna de la resurrección.

No necesitamos ser parte de una reapertura. Nunca hemos estado cerrados. Pero esperamos con ansias el día en que podamos reunirnos en persona nuevamente, porque en esencia, nuestra fe es extremadamente relacional. Al mirar hacia ese día, ¿qué deberíamos estar considerando? ¿Cómo podríamos abordar este desafío?

Primero, debemos prestar mucha atención a la orientación ofrecida por los Centros para el Control de Enfermedades y otros expertos en salud pública. De acuerdo con la orientación federal actual, en la primera fase de “reapertura”, se alienta a las personas a continuar el distanciamiento físico y evitar reuniones de más de 10 personas. Incluso en la segunda fase, deben evitarse las reuniones de personas de más de 50 personas y las personas con mayor riesgo deben quedarse en casa.

Como creo que la iglesia debería participar en el ministerio sanador de Jesús, en lugar de en la propagación de la enfermedad, me gustaría asegurarme de que cualquier plan para regresar a las reuniones en persona al menos siga esas pautas. Seguir esta guía significaría que todavía faltan muchas semanas para que las congregaciones en la mayor parte de los Estados Unidos se reúnan en persona nuevamente.

Pero no es demasiado temprano para comenzar a planificar cómo serán nuestras reuniones en persona cuando sea posible. Más allá de los cambios obvios que se requieren al menos a corto plazo: no pasar platos de ofrenda, no servir la comunión de la manera habitual, no darse la mano, ¿qué más tendríamos que hacer para asegurarnos de que nuestras reuniones sean seguras?

¿Cómo podemos practicar el distanciamiento físico apropiado? ¿Habrá ocasiones en que ofrezcamos múltiples oportunidades de adoración con menor cantidad de personas? ¿Continuaremos enfatizando las transmisiones en vivo o grabadas de nuestros servicios para que aquellos que aún no pueden salir o decidan no hacerlo puedan participar en la vida de la congregación? ¿Cómo podemos cumplir con nuestros compromisos de misión aún cuando todavía no es posible cumplirlos de la manera típica?

Del mismo modo que las empresas irán reactivando gradualmente, ¿habrá un retroceso gradual para nuestro regreso a las reuniones en persona? ¿Cuándo reanudaremos las actividades para niños y jóvenes? Son muchas las decisiones en juego, y en el mejor de nuestro sistema de gobierno bautista, estas deben tomarse de manera que impliquen la mejor colaboración entre ministros comprometidos, líderes laicos respetados y profesionales de la salud en cada comunidad.

Aunque estas decisiones son desafiantes y complejas, podemos estar seguros de que no estamos solos; que el Espíritu Santo nos está dando todo lo que necesitamos para enfrentar estos días inusuales. En lugar de preguntarnos si es hora de reabrir, como personas que nunca han estado cerradas, podemos atrevernos a preguntarnos: frente a estas decisiones, ¿cómo servimos más fielmente a Cristo resucitado?

¿Cómo protegemos a los más vulnerables, incluidos los pobres, las viudas y los huérfanos, aquellas personas por quienes Jesús y los profetas tienen un amor y compromiso innegables? ¿Cómo podemos hacer justicia, amar la bondad y caminar humildemente con nuestro Dios? ¿Y cómo puede nuestro ministerio, incluso ahora, ofrecer un testimonio del poder resucitador de Jesús para mostrarnos formas de ser más fieles que nunca en formas que nunca antes habíamos intentado? Mientras oramos con estas preguntas, escucharemos respuestas que nos guíen hacia una fidelidad redentora.

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