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Somos espectadores 

Por Elket Rodríguez

Donde se cruzan las sendas de la vida 

y hay gritos de razas y de clanes 

en antros de vicio y de miseria 

donde las sombras están llenas de terrores 

y se ocultan la lujuria y la avidez. 

Por encima de ruidos y egoísmos  

Hijo del hombre, oímos tu voz.

Donde se Cruzan las sendas de la vida por Frank Mason North  


Todos los días, las huellas de miles de mujeres y niños migrantes se van sobreponiendo en las orillas del río Chucunaque, en Panamá –en las riberas del norte del Darién, la selva que divide a Panamá en Centroamérica de Colombia en Suramérica. Antes de cruzar esta travesía migratoria que cuesta la vida de cientos de migrantes, miles de familias se aglutinan en Necoclí, Colombia, al extremo sur del Darién, con el fin de emprender camino al norte, especialmente a Estados Unidos.  

Pero el trayecto más que un reto, es un infierno. El Tapón del Darién –10,000 millas cuadradas de selva tropical que abarca miles de millas cuadradas que conectan a Centro y Sudamérica– es un laberinto natural donde migrantes enfrentan la inmensidad de la naturaleza y el peligro constante de perderse, convirtiéndose en un símbolo de la magnitud y complejidad de la crisis migratoria global. Montañas empinadas, vastos pantanos, ríos caudalosos, fauna salvaje y mortífera, clima extremo y enfermedades son la orden del día en este tramo que se ha convertido en una ruta migratoria peligrosa creada por organizaciones criminales, obligando a innumerables migrantes a arriesgar sus vidas al atravesarla. 

Sin embargo, la esperanza de un mejor futuro para estos migrantes es quimérica. Mientras acá en Estados Unidos, el presidente electo Donald Trump esboza que el sueño americano está muerto, la pesadilla estadounidense que se ve en televisión parece mejor alternativa para muchos que la persecución y la extrema pobreza –mucha de ella creada por más de una centuria de una política exterior que empobrece a nuestros vecinos.   

Migrantes de Venezuela, Ecuador, Cuba, Colombia, Afganistán, Benín, Bangladesh, China y el Congo, entre otros, se reúnen en Panamá –puerto de cruce de Centro y Suramérica y de los océanos atlántico y pacifico mediante el canal de Panamá. En esa tierra, donde crucen trillones de dólares anuales en bienes y en que se unen cientos de etnias, naciones y culturas, también es el escenario que atraviesa una de las rutas más tortuosas de tráfico humano. Tierra de esperanza y muerte. Portal al futuro o final del destino. 

De la forma que sea, parece que ser que el trámite migratorio por Panamá es cosa común. Igual, el cruce de migrantes que genera miles de dólares a transportistas locales que cobran $60 por persona para transportar migrantes del sur de Panamá a la frontera norte con Costa Rica.  

Todos me preguntan por impresiones. ¿Qué me llevo conmigo? Bueno, me llevo mucho y me llevo poco. Pero en general, me llevo que somos espectadores, yo incluido, de un cuadro de tráfico humano del que facturan cárteles, gobiernos, indígenas, manufactureros de armas y contratistas de defensa y cárceles privadas. Todos, los cuales generan ganancias desde Venezuela hasta Canadá. Se me cimenta en la mente que la migración es un negocio, yo soy un espectador y no soy, ni somos, salvadores del mundo.  

Me llevo que cruzar el Darién es un encuentro con la muerte. Múltiples fueron los relatos que escuché de familias enteras que perecieron al caer en el acantilado de la muerte, por picadas de la araña 24 (porque te asesina en 24 horas) y de cuerpos de adultos y niños flotando en el río porque el río se había crecido durante el trayecto, a causa del paso de la tormenta tropical Rafael el 4 de noviembre. Me pareció surreal la idea de que, si un drone hubiese volado sobre el campamento oficial instaurado por las autoridades panameñas y organizaciones internacionales en las riberas del Chucunaque en Panamá, el cual visitamos, hubiese capturado un panorama de muerte alrededor del campamento establecido.   

Pero la muerte que otorga el Darién no es solo física, es del alma, especialmente la muerte de la inocencia para los niños y la integridad sexual de las mujeres. Todavía me cuesta asimilar la abrumadora cantidad de testimonios de abuso sexual entre muchas de las mujeres que cruzan el Darién y el entendimiento tácito de que la violencia sexual por parte de carteles, grupos armados, indígenas, acompañantes e incluso autoridades gubernamentales es casi inevitable, mientras el silencio persiste ante estas atrocidades.  

No puedo comprender este reinado de la impunidad. El abuso sexual es el tema silente de la migración y es tan común que ni se cuestiona. Es como si fuera parte de la decisión de migrar en sí y lucho por internalizar esto.  

Es triste, pero lo que más me llamó del Darién era la percepción de las mujeres y los niños como mercancía: como la principal moneda de cambio de la migración. En un momento crucial donde se cuestiona qué es ser un hombre en este siglo, yo que soy padre de dos varones, me niego a validar con mi silencio conductas que no representan a un hombre. Soy padre, esposo, hijo, hermano, primo, sobrino y tío de mujeres. Soy honesto… no entiendo.  

Pero también me llevo mucho. La vulnerabilidad de los padres migrantes, la inocencia de los niños, la humanidad de los voluntarios y la verdadera acción en fe de jóvenes voluntarios panameños que se levantan a las 2:00 AM de un sábado para entregar su día libre al servicio de los migrantes. Me llevo la hermandad cristiana de las personas de distintas tradiciones de fe que no vemos el tema migratorio como un asunto de explotación o de dólares y centavos.    

Me llevo que es mi opción y tu opción de ver a Jesús en la cara de cada migrante, de ver dólares en sus vidas, de ver explotación en sus fuerzas, de ver placer sexual en sus débiles cuerpos, de ver al chivo expiatorio de todos nuestros pecados, de ver a criminales que nos quieren invadir, demonios que nos quieren destruir o de ver ángeles que podemos hospedar. Solo dos de estas opciones anteriores son bíblicas. Pero repito, la opción es nuestra. Todo es según el cristal con que se mira 

Me pregunto que si la blasfemia del espíritu es atribuir a Satanás obras de Dios y viceversa, entonces será blasfemo ver a Satanás donde Jesús nos dice que lo veamos a Él. ¿Será blasfemo ver invasores donde, en la Palabra, se nos invita a albergar ángeles? 

¿Qué más me llevo? Me llevo la espalda de una niña llena de mosquitos. Las lagrimas de madres con niños de un año rogando por dinero para tomar un autobús que los llevara a Costa Rica. La cara de impotencia y sobrecarga de padres de familia que no sabían cómo proteger y proveer para sus familias.

Me llevo el ministerio de Teresita en Colombia, quien mediante la payasa Lupe, busca atrapar una sonrisa a los niños en medio de los campamentos de refugiados antes de cruzar el Darién en Necoclí. En su viaje a Panamá, Teresita se encontró en el Darién con niños a los que alegró antes de cruzar la jungla en Necoclí. Me compunge porque ella sabe lo que esos niños pasan y sufren al cruzar el Darién, y aún así tiene las energías para sacar alegrías.  

Me llevo las diferentes caras de Jesús. La cara perdida de los niños, la cara de desconfianza de las mujeres, la indiferencia y la compensación de fuerzas de las autoridades y la cara de desesperación de los hombres por proveer. Me llevo lo que traje, la convicción de la presencia de Dios en los voluntarios que allí sirven.  

Por una semana me pregunté cómo se camina después del Darién. Qué huellas puedo dejar. Cómo puedo ser más que un espectador. Es un proceso que todavía estoy discerniendo. Pero lo que si me está claro es que siempre hay cristianos que “por encima de ruidos y egoísmos” ven a Jesús en sus vecinos.  

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